Entre los que los que se conoce en inglés como sabuesos del tono (tonehounds), y que aquí llamaríamos algo así como “obsesivos compulsivos del sonido afectados crónicos de GAS y otros males guitarreros conducentes a la bancarrota y el fracaso matrimonial”, uno de los efectos más deseados, cotizados y mencionados es sin duda alguna el fuzz.
 
Ya sea por su carácter vintage y fundacional, por sus muchos matices sonoros, por cierta personalidad indomable y descontrolada, o porque, en general, es capaz de transitar entre el muro de sonido y el grano sutil y calentito a veces usando simplemente el volumen de la guitarra, o porque puede engordar y dar músico hasta a la single coil más blandita, el fuzz es admirado y perseguido. No es frecuente ver colecciones de pedales de delay o de phaser. Pero sí es fácil encontrar a quien presume de colección de fuzzes, o hilos en foros destinados a mostrar las joyitas que cada uno atesora.
 
 
Big Muff
Es seguramente el fuzz “de entrada” más habitual. También el más fácil de utilizar. Aunque también el menos versátil. Pero si uno anda tras ese sonido gordo, denso, con sustain para días, de válvulas y transistores a punto de reventar en 3, 2, 1… , un Big Muff lo pone bastante sencillo sin tener que andarse con mucha delicadeza con el ampli sobre el que lo echamos, las pastillas con que lo utilizamos o la posición en que lo colocamos. No es precisamente uno de los primeros fuzzes en aparecer: lo primero en parte por su accesibilidad, pero también por la popularidad que se ganó rápidamente.  Entre sus usuarios habituales durante años, nombres como Jack White, Joe Mascis (famosos por su colección de Big Muffs) o el mismísimo David Gilmour.
 
Existen, además, una buena sartenada de variantes, desde el Triangle Muff (por la colocación de sus potes en forma de triángulo) a la versión Ram Head (por el logo en forma de cabeza de carnero en una esquina), pasando por los reciente Little Big Muff o Nano Big Muff, que intentan competir ofreciendo versiones más amigables para pedaleras que sus antepasados y parientes de tamaño desmesurado. También las hay con algunas opciones modernas, como controles de medios (el Big Muff ofrece tradicionalmente un tono poco medioso y muy comprimido) o diferentes voces. Y clones hay tantos como versiones oficiales de un pedal mítico.
 
Maestro Fuzz-Tone 
Aquí es donde empieza en buena medida la historia del fuzz. Fue el primer modelo comercializado (por Gibson, además), y Keith Richards dio buena cuenta de él en Satisfaction. Fue precisamente a raíz de este tema de The Rolling Stones que el Maestro y el fuzz empezaron a popularizarse. Todo el mundo quería tener uno, y todo el mundo quería vender uno. Así empezó, en el fondo, la fiebre del fuzz, y el Maestro Fuzz-Tone casi podría considerarse el iniciador de toda una serie de variantes que dieron forma al rock de, especialmente, aunque no únicamente, los años 60 y 70 del siglo pasado.
 
El Maestro Fuzz-Tone no es, de todos modos, el sonido fuzz que todos tenemos más o menos en la cabeza. El abuelo tiene un sonido bastante nasal, áspero y, según los estándares actuales, tirando a “delgado”. Se asemeja así a otro clásico de la época que comparte con éste características sonoras, aunque no necesariamente de diseño: el Mosrite FuzzRITE.
 
Tone Benders
Herederos directos del Maestro Fuzz-Tone, los Tone Benders fueron ideados por Sola Sound para ofrecer más sustain que estos, pero pronto se convirtieron en un hito por derecho propio, popularizándose entre muchos grandes guitarristas, y multiplicándose en varias versiones sucesivas con características tímbricas propias. Así, el Tone Bender MkI está mucho más cerca del Fuzz-Tone de lo que puede estarlo el más rotundo, gordo y al mismo tiempo afilado MkII. Pero también tenemos el MkIII, con control de tono, y le Vox Tone Bender, amén de infinidad de derivados de otras marcas, y clones más o menos declarados.
 
Entre los usuarios más célebres de alguna versión de Tone Bender estarían Jimmy Page, Jeff Beck, Mick Ronson (ese sonido del primer Bowie es un MkI), o, incluso el famoso compositor de bandas sonoras Ennio Morricone.
 
Fuzz Face
A día de hoy, Fuzz Face es casi sinónimo de Jimi Hendrix. Lo cual es decir mucho. El revolucionario guitarrista sigue siendo el adicto más conocido a este pedal de fuzz, que, en el fondo, nació inspirado en el Tone Bender. Comparte con el MkI un tono bastante equilibrado, pero al mismo tiempo más oscuro y muscular, con más saturación. Aunque, claro, esto depende de si hablamos de los primeros Fuzz Face, con transistores de germanio (y éstos a la vez son bastante proclives a responder de forma distinta según las condiciones ambientales) o de silicio, que ofrece un timbre mucho más afilado, distorsionado y brillante.
 
Entre las bondades del Fuzz Face está el reaccionar maravillosamente bien al control de volumen de la guitarra si el pedal se coloca el primero en la cadena de efectos. Una característica que para muchos guitarristas es una condición indispensable de cualquier buen fuzz (también los Tone Bender se limpian muy bien con el control de la guitarra), para quienes es indispensable poder pasar de un sonido limpio o ligeramente sucio, a una distorsión densa y gruesa con un simple giro de muñeca.
 
Octavia
Fue también Hendrix el que elevó a los altares una variante, bastante desquiciada si uno lo piensa detenidamente (y más en aquello época), que ideó Roger Mayer: coger un Fuzz Face y añadirle un octavador. El sonido resultante, del que Hendrix abusó celestialmente, era una mezcla entre analógica y sintética de la señal original y una octava por encima, creando un sonido un tanto robótico que a día de hoy sigue siendo un sospechoso habitual en muchas grabaciones. Una de las técnicas más adictivas con un Octavia – o alguna de sus variantes como el nipón Súper Fuzz, que introdujo al Octavia en el circuito de la producción en cadena – es la de realizar un bending en la tercera cuerda y tocar al mismo tiempo la misma nota en la segunda cuerda: las oscilaciones entre armónicos son, sencillamente, deliciosas.
 
Foxx Tone Machine
Otro clásico que generó escuela y toda una serie de imitadores y dignos discípulos fue el Foxx Tone Machine. De diseño espectacular, se presentaba en una gran caja forrada de terciopelo de color, y ofrecía la opción también, seleccionable, de añadir una octava arriba. Su timbre puede que sea uno de los fuzzes más gordos que aún hoy podemos encontrar entre la inmensa progenie de fuzzes y re-fuzzes que pueblan actualmente el mercado. Entre sus directos sucesores está, además, otro clásico moderno, el Fulltone Ultimate Octave.