Existe una fina línea entre contar o transmitir algo con nuestra guitarra, y caer en cierto tipo de auto-indulgencia o, directamente, exhibicionismo al tocar. O, bueno, tal vez no tan fina… Todos hemos presenciado, y probablemente protagonizado en alguna ocasión, uno de esos momentos en que el compañero de banda o el público tuercen el gesto y dicen, sin abrir la boca, o empleándola solamente para silbar, que ya está bien, que te cortes un poco, que dejes de azuzar… el mástil. Porque, en fin, lo importante ha de ser siempre la música, y no tanto la técnica guitarrística. Y a veces se confunde una cosa con la otra.
 
¿Un ejemplo? Guitarrista tirando a heavy, probablemente pelo largo, tal vez rizado o cardado al más puro estilo eighties, mucha técnica en sus manos, y muchas horas practicando escalas y ejercicios mecánicos. Un metrónomo alojado en algún rincón del cerebro, y una velocidad pasmosa en los dedos. Tappings, sweep pickings, tremolo picking, escalas complejas tocadas en cascada arriba y abajo y vuelta a empezar en milisegundos, licks acrobáticos y un buen puñado de técnicas bombásticas, fruto de un talento genuino y estudio intensivo, en el bolsillo. Arranca un solo, y más pronto que tarde estamos mirando el reloj pensando en cuánto le que queda a este muchacho de caminar, él solo, por el Olimpo de los dioses de la guitarra. A veces ocurre que, cuando comprobamos, realmente han pasado demasiados minutos. Otras, tan solo unos segundos, y el susodicho guitar hero ya nos ha perdido. ¿Por qué?
 
La respuesta es sencilla: la técnica debería ser un medio para llegar a un sitio. Un vehículo para poder transmitir algo a la audiencia. Y nunca un fin en sí mismo. Al menos, me vais a permitir que esta sea mi opinión, como la de muchos grandes de la guitarra, y no la contraria la del genio de los rizos.
 
Porque lo que uno hace con un instrumento, sea una guitarra, en este caso, o cualquier otro, debería servir a la canción. La canción es lo que recuerda el público, el oyente, y no el arsenal de licks y piruetas que uno pueda ejecutar sobre el mástil (o los parches, o las teclas o lo que sea). No quiere esto decir, no nos confundamos, que un solo largo, o una jam improvisada sobre un escenario, sean algo a repudiar. Ni mucho menos. Siempre que motiven, que muevan, que lleguen, y no sirvan simplemente para sacarse los atributos en público y jugar a ver quién los tiene mejor orquestados…
 
Esto solo puede alcanzarse si uno deja el ego en casa, y se esfuerza por tocar musicalmente. Y por musicalmente nos referimos a hacerlo de forma que lo que toquemos sea interesante para el que lo escucha. Que exista melodía, que exista desarrollo, que cuente algo. Muchas veces, una catarata de sweep-pickings a lo largo del mástil no dicen absolutamente nada. Pero uno, en el momento adecuado, puede ser el elemento dramático que necesita tu solo para ser memorable. Recuerda que poca gente quiere ver a un guitarrista haciendo ejercicios sobre el escenario, pero sí que les hagan sentir cosas.
 
La cuestión es, pues, trabajar en construir sobre la canción, su atmósfera, su timbre, su historia, su ritmo. Una de las cosas que me dejaron maravillado cuando pude ver a Les Paul en directo, ya mayor, y poco tiempo antes de dejarnos, es que era capaz de tocar una sola nota, una, la nota exacta en el momento preciso. Y lograr más con ella que si hubiera realizado una figura mucho más compleja.
 
Otro ejemplo: algunos temas (¿casi todos?) de una banda como AC/DC. Estructuras sencillas, acompañados de riffs potentes, y maestría absoluta en la dosificación de elementos: ¿cuando entra una guitarra? ¿Cuándo ha de hacerlo el bajo? ¿Dónde ubicamos los silencios? David Gilmour, en otra órbita, es otro maestro de esto, precisamente: de dejar los silencios adecuados y elegir muy bien qué toca y cuándo lo hace para que realmente importe, influya, marque, mueva…
 
“Qué no tocas es casi más importante que qué tocas”, es una de las máximas de esta filosofía de trabajar siempre por y para la canción como guitarrista. Y otra: tocar en la guitarra algo que podrías cantar. ¿Recuerdas a Hendrix sacando fuego, en este caso, figurado, de su guitarra mientras tarareaba al mismo tiempo lo que estaba tocando? Es una buena filosofía de partida el intentar construir figuras, arreglos y solos como si fueran una melodía cantable. Porque lo que la gente recuerda, en general, es lo que puede cantar.
 
Otra cosa es que, en fin, de vez en cuando seamos un poco indulgentes con nosotros mismos. Al fin y al cabo, somos guitarristas.