Pasan muchas cosas en la cabeza cuando se toca un instrumento como la guitarra. Aunque uno parezca calmado y perfectamente concentrado en la música o, todo lo contrario, desatado y poseído por un frenesí primordial, en el que parece que la razón – eso que suele decirse que nos convierte en humanos – ha abandonado el cuerpo para siempre y lo único que queda es usar tu arsenal de riffs para cazar en la sabana animales que comer crudos, aún calientes, porque ya no recordarás siquiera cómo usar tu tarjeta de crédito... lo cierto es que el cerebro está trabajando más de lo que unos Beavis y Buth-head de la vida podrían hacerlo en unas cuantas vidas.

No es que lo digamos nosotros. Diferentes equipos de neurología llevan años realizando estudios sobre el cerebro, a través de resonancias magnéticas o tomografías, y evaluando cómo responde éste ante diferentes estímulos y actividades. Lo explica maravillosamente bien Anita Collins en una lección animada para TED que os recomendamos encarecidamente.

La cuestión es que, al escuchar música, el cerebro parece activarse a lo grande, chisporroteando actividad en múltiples zonas simultáneamente. Pero cuando lo que se hace no es escuchar, sino tocar música con algún instrumento, el mapa del cerebro directamente bulle de energía neural. Hay quien afirma, después de echar un buen vistazo al cerebro de un músico mediante las tecnologías sanitarias del siglo XXI, que tocar es el equivalente para el cerebro de seguir un completo plan de ejercicio físico. Mientras se hace, se encienden múltiples zonas del cerebro, que se relacionan entre sí a velocidades increíbles en complejas secuencias.

Tocar la guitarra, por tanto, activa e implica a casi cada zona del cerebro, especialmente las regiones encargadas de capacidades visuales, auditivas y motrices. Cuanto más se practica, más se refuerzan esas zonas, además. Tocar y hacer música involucra, además, a ambos hemisferios del cerebro. El resultado parece ser, según los estudios actuales, un cerebro más en forma y con mejor interconexiones, lo que se refleja en una mayor capacidad para resolver problemas, afrontar situaciones de forma diligente y en una gestión de la memoria más rápida y eficiente. Vamos, que nos hace más listos. O al menos nos asegurará una vejez menos senil... Aunque eso debe ser, se entiende, si uno no acaba perdido en los peligros de la noche y la química del show business. Que es el equivalente directo a zamparte tres jabalíes, unos cuantos cocidos sin dejar una sola migaja de pringá, acompañarlos de dos litros de cola y una botella de vino, por aquello de la variedad, y rematar con un surtido de tartas y pasteles, café, copa y puro... justo al salir del gimnasio, y preguntarte cada mes por qué narices tanto sudar no sirve para nada.

Vaya, que si esta actividad por la que muchos hemos vendido nuestra alma al mismísimo diablo – que si es Dave Grohl, como en The Pick of Destiny, quién se resistiría a hacerlo... - tiene la facultad de mantener nuestro cerebro en forma e, incluso, de permitirnos echar algo de músculo en la masa gris, tampoco es plan de echarlo todo a perder con una dieta rica en tóxicos. Pero es que, además, hay otras razones científicas para tocar la guitarra... Os dejamos alguna para rematar la faena:

Da gustito
Dicho así puede sonar un poco picarón. Picarón de hogar de jubilado, como la propia palabra “picarón”. Pero sí, por ahí van los tiros. Resulta que según un estudio de la McGill University, al que hacía referencia este artículo de Menshealth, escuchar música libera dopamina en el cerebro, la misma sustancia que se genera al practicar sexo. Si en lugar de escuchar, la tocas, pues ya ni te cuento. La guitarra digo... ¿en qué estás pensando?

Libera estrés
Esto no hacía falta que nos lo dijera ninguna revista ni ningún estudio científico. Aunque saber que lo ha corroborado la Loma Linda University School of Medicine, de California, tampoco viene mal. Sus estudios confirman lo que todos sabíamos: que tocar la guitarra, o cualquier otro instrumento, contribuye a reducir el estrés. Solo hay que ver a según qué guitarristas sobre un escenario, ¿no? Eso sí, hablan de tocar. Coleccionar, amasar, buscar y perseguir desesperadamente El Tono a base de compras y reventas compulsivas de amplis, pedales y guitarras puede tener el efecto directamente contrario. Porque eso no es tocar la guitarra. Eso es GAS.

Alivia el dolor
Y no nos referimos al dolor del alma, mitigado por esas composiciones tristes y lánguidas con que martirizas de vez en cuando a tus colegas. Que también, vaya, aunque personalmente prefiero como terapia machacar un E5 con palm mute en una Les Paul enchufada a un Marshall a volúmenes generosos. Allá cada cual. El caso es, parece ser, que el dolor físico se puede ver reducido gracias a la música. Esto es, siempre que no hayas intentado correr demasiado imitando a Yngwie Malstmsteem y te hayas destrozado la muñeca intentado licks imposibles. ¿Tendrá que ver con la dopamina?