En un mundo con súper-abundancia de opciones y posibilidades como el de la guitarra, éste que planteamos hoy puede parecer un debate fácil y rápido de solucionar: si hubiera que elegir entre guitarras con una sola pastilla o con una pareja de ellas montada... ¡elegiríamos sin duda las dos pastillas! A fin de cuentas, cuanto más, mejor, ¿no es verdad?

No obstante, la historia nos ha dejado sobradas muestras de que ésta máxima no siempre es cierta. ¿Acaso es indiscutiblemente mejor una pedalera con 20 pedales antes que una con tan solo tres por el mero hecho de tener más? Si tenemos en cuenta dos palabritas en inglés, “tone sucking”, o su traducción algo campechana, “robar tono”, la respuesta está clara. Pero podemos seguir: ¿hubieran sido mejores los Ramones con dos guitarras? ¿Es mejor la parte superior de una Gibson EDS-1275 que la inferior por tener doce cuerdas en lugar de seis? ¿Era mejor El Mundo Perdido que Parque Jurásico por tener dos T-Rex tal vez? ¿Lo fue Aliens por encima de Alien, el Octavo Pasajero por tener cientos de bicharracos en lugar de solo uno? Bueno, en este último caso, la máxima sí es cierta, pero el resto de inapelables y elocuentes ejemplos demuestran que, demonios, tantas y tantas veces “menos es más” que quizás este debate tenga algún sentido.

Por eso, precisamente, muchos guitarristas encuentran irresistible el atractivo de una sencilla y efectiva guitarra de una sola pastilla. Una Les Paul Junior o una Melody Maker, por ejemplo. Guitarras para niños o principiantes, dirán algunos. Por supuesto: novatillos como Billy Joe Armstrong al frente de Green Day, Mick Jones con The Clash o, atención, el gran Leslie West, de Mountain. Todos ellos han tenido o tienen una seria inclinación por las guitarras con una sola pastilla, y no creo que muchos estemos en disposición de mirarles precisamente por encima del hombro...

Hay algo primario y crudo en una guitarra sin filigranas electrónicas. No es solo que no haya con qué distraerse en términos de opciones y uno deba y pueda concentrarse solo en tocar (aunque ojito con las opciones que ofrece una sola pastilla con un buen control de tono, volumen, y unas manos hábiles...). Es que, además, hay pocas cosas que se interpongan entre el sonido puro del instrumento y lo que sale del amplificador. Es decir, en el ámbito de la guitarra en sí, la señal la abandonará más pura, y más fuerte también, seguramente, al no haber más elementos electrónicos que la puedan degradar. Los problemas, si surgieran, serían también más fáciles de encontrar y solucionar.



Por supuesto, hablando de guitarras eléctricas, una pastilla es el mínimo necesario para que el asunto sea “eléctrico”. Así que tampoco es que sea ponerse especialmente glotón el optar por algo más sofisticado (y en el fondo mucho más estándar) como es una guitarra con dos pastillas. Las ventajas son evidentes siempre que uno necesite más versatilidad: no solo tenemos dos sonidos diferentes al alcance de un switch, sino que éstos se pueden mezclar al gusto. Por ejemplo, haciendo algo tan sencillo como ninguneado por buena parte de los guitarristas como es elegir la posición de nuestra guitarra en la que activamos las dos pastillas y regular la cantidad de volumen (señal) que entrega cada una (siempre que tengamos controles separados, claro). Añade variaciones con los potes de tono, y las posibilidades aumentan de forma exponencial.

No solo eso, también podemos combinar pastillas de diferentes tipos. Por ejemplo, una P-90 (single coil) en la posición de mástil y una humbucker en la de puente. De esta forma, tendríamos a mano dos sonidos completamente diferenciados no solo por la posición sino por el diseño, y todas las opciones resultantes de combinarlas. Hay, incluso, quien emplea una guitarra con dos pastillas y dos controles de volumen independientes, como una Les Paul sin ir más lejos, para configurar desde el propio instrumento sus diferentes sonidos limpios y distorsionados: la pastilla de graves, normalmente, con el volumen bajado como sonido limpio o rítmico, y la de agudos, a plena potencia, para sonidos distorsionados o solistas.

A final todo depende en realidad del estilo al que uno vaya a dedicar su guitarra. De las necesidades que éste imponga. Es decir, si buscas una seis cuerdas para hacer punk-rock o alguna rama concreta de metal, es probable que la guitarra adecuada con la pastilla adecuada para tus necesidades sonoras sea más que suficiente. Igualmente, ciertos temas de tu grupo tal vez no necesiten demasiadas variaciones tonales, o tu papel en tu banda (sónicamente hablando) sea uno muy específico para el que un tono concreto, aderezado simplemente con los matices que ofrezcan las variaciones de los controles de volumen y tono, sobre y baste. Sin olvidar a aquellos guitarristas que construyen toda su paleta tonal a partir de pedales. En estos casos, una guitarra de una sola pastilla será, seguramente, la opción adecuada.

Por otro lado, siempre está quien piensa que, aun así, una pastilla más nunca está demás. Y, por supuesto, aquellos que, además de 20 pedales de overdrive y distorsión, necesitan potes y pastillas para tener más colores en su arsenal que en un catálogo de Pantone. O aquellos que gustan, como decíamos hace dos párrafos, de tener en su guitarra pleno control sobre sus sonidos rítmicos y solistas. Dos pastillas en este caso son imperativas. Aunque claro, también están aquellos que dicen que si una guitarra no tiene tres, ni es guitarra ni es nada. Pero esa discusión es para otro día. La pregunta es, vosotros... ¿qué opináis? ¿Una o dos pastillas?