Poca gente tiene en mente, a la hora de comprar una nueva guitarra, el esfuerzo que hay detrás de muchos de los elementos que la componen. Desde el cuidado en las elecciones de curvaturas, alturas, tamaños de diferentes piezas o espiras de una pastilla, hasta, claro está, la selección de las maderas empleadas en su fabricación. No se trata aquí de señalar con el dedo, ni mucho menos: nos parece muy lógico, válido y razonable, que cuando entramos en modo caza y captura, lo que nos interese sean principalmente los factores que nos afectan directamente como guitarristas. Es decir, el tono, la comodidad al tocar, las sensaciones del instrumento, sus opciones electrónicas... Y no tanto si algo se ha hecho a mano, si se han necesitado tantas o cuántas capas de pintura, o si las guitarras deben pasar por diferentes procesos delicados a cargo de manos expertísimas simplemente para alcanzar su estadio más básico.

Muchos de nuestros artículos (eso creemos nosotros en cualquier caso) ayudan precisamente a arrojar un poco de luz sobre estos aspectos menos presentes y poner en perspectiva que las decisiones en cuanto a materiales de una guitarra y otros muchos detalles que damos por supuestos no son ni mucho menos aleatorias ni irrelevantes... Aunque solo sea para ofreceros un pequeño vistazo a las entrañas de la bestia y, ya de paso, añadir algo de valor al objeto – porque todos los guitarristas amamos el objeto como tal, además de por lo que hace - en base a la inestimable labor de un buen montón de profesionales artesanos.

Algunos de éstos, sin embargo, pasan incluso más desapercibidos todavía, ausentes en general de los reportajes propios y ajenos. Son, por ejemplo, los que llamaremos aquí, porque suena realmente bien hacerlo así, cazadores de maderas. Aunque en el caso de nuestro protagonista, él preferiría hablar de “jardinería”, más que de caza, así que seguramente recolector tendría más sentido. Pero ya que hablábamos de cazar un poco más arriba...

Lorenzo Pellegrini ronda los 85 años, y seguramente es la persona que mejor conoce el bosque de Risoud, en Suiza. Y no solo el bosque en sí, como ente geográfico, sino cada árbol y las maderas que allí habitan. De hecho, hablamos de dos nombres con cierto estatus de leyenda: Risoud es el lugar del que tradicionalmente se han obtenido las maderas para los míticos violines Stradivarius, y Pellegrini, al que la misma BBC le dedicó hace unos años un interesante reportaje y ha protagonizado hasta su propio documental (bastante fácil de localizar en redes como Youtube, en francés, eso sí), es el principal seleccionador de árboles de la región. Se dice de él que con solo echar un vistazo a uno, es capaz de saber si en su interior habita un buen instrumento o no.

Conoció el bosque de Risoud por primera vez hace más de 50 años, y desde entonces no han entendido la vida en ningún otro lugar. Su trabajo, no obstante, va más allá de esa búsqueda de la madera perfecta: recorre el bosque manteniendo los caminos, cuida del sotobosque y de los árboles que se convertirán en instrumentos en generaciones futuras. Tal vez dentro de un par de siglos, incluso. Porque en Risoud se da el caso de que algunas especies casi doblan su edad: las píceas, por ejemplo, alcanzan aquí los 350 años, cuando lo habitual en otras regiones es que puedan llegar a los 180. Casi cuatro siglos de resonancia de algunas de las mejores maderas del mundo.

El secreto reside en que “aquí arriba, los árboles crecen lento, lento, muy lento, a veces hasta dejan de hacerlo”, explica Pellegrini. “Simplemente se hacen más fuertes. Para que esto pase deben crecer muy juntos, como pelos en la cabeza. Y no debe haber mucha agua: el corazón del árbol debe mantenerse seco. Eso da la mejor madera, sólida, rígida y con una enorme resonancia”. Condiciones, todas, que se dan en Risoud, y que un tal Antonio Stradivari aprovechó para dejar una huella imborrable en la historia de los instrumentos musicales.

Pellegrini, que a sus más de 80 años sigue trepando por los troncos como un jovenzuelo, no aspira a tanto, claro. Su trabajo tiene un carácter mucho más anónimo, e incluye, por supuesto, la selección y tala de los árboles que algún día serán violines o guitarras. Una vez encontrado el árbol perfecto, debe esperar al día perfecto para cortarlo, normalmente a finales de otoño, cuando la savia está baja y la luna más alejada de la Tierra. Su efecto magnético también afecta a los árboles y su savia. Y si lo dice Pellegrini, no vamos a ser nosotros quienes lo pongamos en duda, precisamente...

A fin de cuentas, se trata seguramente de uno de los últimos maestros de un arte que, aunque seguirá manteniéndose, probablemente cambie en sus formas de manera inevitable. Pero siempre será reconfortante saber que existen personas ahí fuera, eligiendo las maderas de los que serán nuestros instrumentos, que por alguna extraña intuición y muchos años de experiencia son capaces de saber con tan solo mirarlos cómo sonarán. ¿No os parece algo mágico?