Quienes tienen ya su piel de guitarrista curtida en unos cuantos escenarios, saben de sobra cuáles son las frases que más se escuchan sobre las tablas. Lo que más se oye en boca de un músico cuando toca en directo es, normalmente, “no me oigo” o “súbeme”, a veces pronunciadas en realidad de forma muda o mediante gestos de dedos desesperados señalando al cielo o miradas de desconcierto dirigidas al técnico de sonido de la sala.
 
Especialmente cuando hablamos de locales de pequeño o mediano tamaño en los que la PA y los rider no se adaptan a la banda en cartel esa noche, sino que, al contrario, ésta suele tener que apañárselas con lo que se encuentren al llegar.
 
Es algo del todo lógico, claro: ninguna sala puede tener un rider mutable en función del espectáculo de cada día. Y, por otro lado, pocas bandas no profesionales pueden permitirse llevar equipo o personal propio – más allá de sus instrumentos – a un concierto. Y aún muchos pros lo tienen complicado para hacer según qué despliegues.
 
La pregunta es, por tanto, qué podemos hacer para mejorar cómo nos escuchamos  sobre el escenario. Lo que pasa por revisar qué opciones de monitorización tenemos los músicos durante una actuación en directo.
 
A pelo y sin miedo
Hoy en día, quien más y quien menos tuerce el gesto cuando llega a una sala y se encuentra con que el sistema de monitorización de la misma es escaso o prácticamente nulo. Muchos sitios pequeños siguen funcionando con una pequeña PA por la que lanzar la voz o voces y, tal vez, algún que otro instrumento (el bajo, el bombo, la caja), y para de contar. Al resto le toca sonar a pelo empleando únicamente la potencia de sus amplis y de sus pantallas, que será lo único que escuche el público.
 
Lo cierto es que durante varias décadas esto era la norma. De ahí en parte que nacieran las pantallas 4x12, para llenar recintos considerables (o grandes escenarios) en una época en que ver una cuña sobre el escenario era prácticamente imposible. Cuentan que fue un técnico de los Beatles durante su gira americana a mediados de los 60 quien ideó el primer sistema de monitores de suelo usable. Pero hasta entonces, el altavoz del ampli era la única fuente para escuchar tu guitarra sobre el escenario… ¡Y hoy en día sigue siendo así en muchos sitios!
 
Las ventajas, evidentemente, son pocas, más allá de que hay que transportar poca cacharrería, y la sala en cuestión tampoco debe alojar demasiado aparataje. Las pruebas de sonido son bastante rápidas, porque no hay mucho que probar parte de niveles. Y, bueno, uno escucha su ampli tal cual… siempre y cuando no te encuentres con los tupidos problemas acústicos a los que estamos acostumbrados en los locales de ensayo: instrumentos que se dan de guantazos, partes de canciones en que uno desparece cuando el otro guitarrista pisa ese maldito pedal, o agujeros negros al movernos sobre el escenario que parecen tragarse todo nuestro volumen con glotonería.
 
Monitores de suelo
La opción tradicional desde los años 70 es el monitor de suelo. También llamados cuñas, hasta hace bien poco parte de la importancia de una banda se medía por el número de ellas que tenían sobre el escenario: “mira, tienen dos cuñas por cada músico… ¡guau!”.
Lo normal es que, al menos una, haya en hasta el local más parco: aunque tu guitarra solo se escuche por tu ampli, al cantante le tenéis que oír (o él tiene que hacerlo, al menos) sobre el escenario de algún modo. Pero lo ideal, lo que hace que uno empiece a sentir que está tocando en sitios “como si fuera un profesional” es tener una por músico. De esta forma, y en función de la mesa de monitores de la sala (si la hay) o del número de auxiliares del FOH (si no la hay), cada uno puede tener su propia mezcla. O, al menos, alguna compartida con compañeros que necesiten escuchar más o menos lo mismo que uno mismo.
 
La ventaja de los monitores es grande: puedes combinar lo que escuchas por la cuña con lo que sale de tu propio ampli, equilibrando la presión sonora sin perder definición; en escenarios medianos, tendrás normalmente siempre alguna fuente de sonido en la posición en la que estés, a no ser que te comportes como Slash en los buenos tiempos de Guns N’ Roses, intentando batir el record de millas recorridas durante cada show; y las pruebas de sonido suelen ser relativamente rápidas.
 
Lo malo es que, a veces, los monitores son o pocos, o de dudosa calidad. Hay quien no se corta y lleva su propio monitor a un concierto, especialmente si se trata de guitarristas que han adoptado el paradigma digital de la emulación. Pero no solo: también cantantes que necesitan escucharse realmente bien, bajistas preocupados por perderse en la mezcla de monitores, o bateristas que quieren asegurarse de tener una cuña para sí mismos (algo que a veces no parece estar entre las prioridades de una sala… de conciertos).
 
In-Ears
Aunque es en los últimos años cuando comienzan a verse con más frecuencia sobre los escenarios, lo cierto es que los sistemas in-ears están entre nosotros desde los años 80. La mejora en calidades y, especialmente, transmisión es la que ha hecho que proliferen tanto de un tiempo a esta parte. También la preocupación de muchos músicos por el nivel de presión sonora sobre el escenario, tanto por una cuestión de salud (ahora somos más conscientes de lo que perdemos al destrozarnos los oídos) como de calidad del espectáculo, porque cuanto más volumen hay sobre un escenario, más se complica el trabajo del técnico de sonido.
 
En ambos ámbitos ayudan, enormemente, los sistemas in-ear. Para los más despistados, éstos, como su nombre indica, son un sistema de monitorización situado directamente sobre nuestras orejas. Es decir, auriculares de toda la vida. Sin embargo, los que pueden personalizarse con la forma de nuestro canal auditivo (mediante moldes) hacen también las veces de tapón, aislando del ruido exterior y, por extensión, protegiendo el oído. Siempre y cuando uno mantenga un nivel de monitorización normal,  y no se bombardee los tímpanos sin piedad: en este caso, pasaríamos de la protección a la agresión premeditada…
 
Lo que en sí mismo puede ser una ventaja, para algunos músicos es a veces un problema, porque se sienten desconectados del sonido ambiente, del público, del sonido “en la sala” de su ampli (que ahora escuchan principalmente a través de la microfonía empleada). Los cantantes, en cambio, suelen estar encantados con oírse perfectamente a través de la maraña de instrumentos. Cada músico tiene, además, normalmente, su propia mezcla y su propio control de volumen, en el mismo transmisor de in-ears, que ajustar al gusto.
 
El aislamiento y el tener cada uno su mezcla de monitores  es lo que da un empujoncito en aquella otra dirección, la de la calidad del espectáculo. Usando in-ears, el volumen sobre el escenario puede reducirse al máximo, facilitando la mezcla de FOH (front of house, hacia el público) y minimizando problemas de feedbacks, choques de frecuencias, aquellos agujeros negros en que uno deja de escucharse, etc. Eso sí, los in-ear suelen exigir un tiempo de adaptación, cierto cuidado y aprendizaje con la mezcla de monitores y, en fin, más cacharros que echar a la furgoneta para cada bolo. La sensación es completamente diferente a la que uno tiene escuchándose por monitores de suelo, pero para algunos se trata del nuevo paradigma en monitorización.