A finales de los años setenta, apareció en la escena rockera un chavalito que, además de revolucionar (de nuevo) todo lo que tenía que ver con la guitarra eléctrica, cómo se tocaba y cómo debía sonar, puso de moda definitivamente el efecto denominado phaser. Se trata, claro, de Eddie Van Halen, que además del tapping y el brown tone, nos dejó para siempre una importante lección sobre cómo podía sonar una guitarra si le aplicábamos ese efecto. La primera clase magistral se llamó Eruption. A partir de ahí el resto es historia, y el phaser ha pasado a ser un sospechoso habitual en pedaleras propias y ajenas, célebres y aficionadas, además de una herramienta de estudio de primer orden.
 
Siendo honestos, el phaser como tal ya se venía usando desde hacía tiempo, principalmente como alternativa al flanger, bajo otro nombre ya célebre también en el panteón de efectos de guitarra: el Univibe, del que tan buena cuenta dieron músicos como Jimi Hendrix, sin ir más lejos. La idea al desarrollar el phaser o vibe fue, principalmente, la portabilidad: el flanger causaba furor en estudios, pero requería una importante parafernalia para ser producido. Básicamente, un par de máquinas de reproducción de cinta lanzando la misma señal, a una de las cuales se le apretaba ligeramente con el dedo uno de los cabezales, mientras una tercera grabadora recogía la suma de ambas con el efecto producido por el dedo travieso. Transportar todo esto, o el equivalente para poder ser usado en directo era impensable, por lo que se perfeccionó su alternativo más portable: el phaser, que hacía algo muy parecido pero por medio de diminutas resistencias y condensadores, en lugar de voluminosas máquinas de cinta.
 
Pero, ¿qué es lo que hacía?
Phaser y vibe, pues hacían aquello mismo de otra forma. Y “aquello mismo” no era sino una alteración de la fase de la señal de entrada y una serie de cancelaciones en la de salida que son, en definitiva, el efecto que percibimos mediante el oído y que hizo a unos y otros tan deseable por tantos músicos. ¿Releemos? Vale, vayamos por partes.
 
Tanto el flanger como el phaser generan un efecto muy reconocible de oscilación de la señal, un fluido ir y venir cíclico, una especie de oleaje que zarandea nuestra señal de un lado, sea cual sea éste, a otro. La clave más absolutamente básica del asunto pasa por coger la señal original, dividirla en dos, alterar la fase en uno de los dos caminos, y volverla a sumar. En un caso, el del flanger, se hace mediante uno o varios delays variables, provocando esa alteración de fase al desplazar la señal en el tiempo. Es lo que provocaba aquel dedo díscolo, que una de las cintas se reprodujera a diferente velocidad, alterando el tiempo y, por tanto, la fase. Al ser un dedo humano, además, la presión no era exactamente constante, y el retardo variaba.
 
Esta alteración de fase lo que produce, al sumar las dos copias de la señal, es una serie de cancelaciones que provocan picos y recortes en frecuencias concretas del espectro. Básicamente, un efecto peine que utilizamos a nuestro favor, generando un efecto musical reconocible.
 
El phaser, por su lado, obtiene el mismo resultado final, cancelaciones, pero mediante el uso de filtros: la señal se divide igualmente en dos, y una de las copias se hace pasar por una serie de filtros pasa banda. Es decir, filtros que no eliminan frecuencias y respetan la amplitud de la señal, pero que por el mero hecho de pasar por ellos, alteran la fase de la señal que los atraviesa. Al sumarse las dos copias de la misma, tenemos también cancelaciones, picos y cortes. Si, además, retro-alimentamos la entrada de la serie de filtros desde su salida, la cancelación es más acentuada. Este gráfico, cortesía de Wikipedia, ilustra el diagrama más sencillo, feedback incluido, de un phaser:
 
 
Las diferentes estancias de filtrado que se apilen en serie en un phaser determinarán en buena medida la cantidad de efecto que podemos obtener, ya que, en general, cada dos estancias implican un recorte. Así, un phaser de 2 estancias, como el famoso Phase 45, provocaría un recorte, mientras que uno de 4 estancias como el aún más célebre Phase 90, generaría dos.
 
Una vez obtenida la cancelación o cancelaciones, que pueden percibirse claramente por el oyente, es necesario moverlas por el espectro para alcanzar el efecto que todos conocemos como phaser. Esto se consigue, normalmente, mediante un oscilador que va alterando la frecuencia del recorte. En el Phase 90 es precisamente eso lo que controla su único pote: la frecuencia del oscilador. Ese ir y venir del recorte por el espectro es el que, en definitiva, ocasiona ese barrido en el sonido que llamamos phaser.
 
Por supuesto, a partir de aquí, la imaginación y creatividad de cada diseñador y electrónico que ha creado su propio phaser a lo largo de los años dictan cuánto se desvía cada unidad de este funcionamiento básico. La diferencia principal entre el phaser y el vibe, por ejemplo, estriba fundamentalmente en cómo se hacían variar las frecuencias de recorte: el Univibe, el primer phaser en realidad, lo hacía mediante el uso de células fotosensibles, en lugar de un oscilador, y de ahí deriva parte de su sonido característico, entre otros detalles de diseño enfocados a su objetivo inicial cuando fue inventado (el emular un altavoz Leslie).
 
Por último, no está de más recordar por qué un phaser y un flanger no suenan igual aunque su principio de funcionamiento sea casi idéntico: mientras que el phaser provoca uno o un pequeño puñado de recortes en la señal final mediante las cancelaciones derivadas de sus estancias de filtrado, el flanger genera un gran número de cancelaciones distribuidas en forma de serie armónica. De ahí el diferente color de dos efectos que buscan prácticamente lo mismo con métodos bien diferentes.