Todo guitarrista, todo músico, sabe que su principal herramienta de trabajo son sus oídos. Gracias a ellos escuchamos lo que tocamos, lo que nos inspira y nos comunicamos con el resto de músicos con los que tocamos. Nuestras manos, por supuesto, son también vitales. Pero como músicos tenemos otras formas de expresarnos si éstas fallaran. Los oídos, no obstante, son irreemplazables. Y, salvando notorias excepciones, auténticos genios que nos ha dado la historia de la música, sin ellos podemos hacer poco.
 
Por eso, una de las principales obligaciones del músico es, o debería ser, cuidar sus oídos. Exponerse en la medida justa a altos niveles de SPL es algo indispensable, aunque puede resultar difícil para profesionales que tocan habitualmente en directo. Especialmente si hablamos de los géneros más proclives a aquello de poner sus amplis al 11 como si no hubiera un mañana. Para estos casos, los tapones son la receta más adecuada. Y si estás en una banda, ensayas regularmente en esos espacios más bien pequeños en que atiborramos nuestras baterías, amplificadores, pedaleras y humanidades, y te subes frecuentemente a un escenario, un buen par de tapones, a medida si te da el presupuesto, pueden resultar un verdadero salvavidas. O salvaoídos…
 
Pero cuidar y proteger nuestra capacidad auditiva no es lo único que podemos o debemos hacer para mimar nuestra principal herramienta musical. Pocos guitarristas piensan en ello cuando se sientan a practicar. Acordes, patrones, escalas, ejercicios de técnica, riffs, canciones suelen ser lo que ocupa la mayoría de sesiones de práctica. Pero pocos se toman la molestia de dedicar un rato a entrenar los oídos. ¿Es posible hacerlo? ¿Cómo?
 
El secreto está en los intervalos
La respuesta es sí, es posible. Claro. Es lo que hacemos constantemente desde que agarramos por primera vez una guitarra y cada vez que tocamos e, incluso, escuchamos música. Nuestros oídos van adquiriendo el conocimiento de cómo suenan las cosas, cómo se relacionan los diferentes elementos que conforman “la música” y, en definitiva, qué hacer con ellos. Por eso hace unos años no eras apenas capaz de sacar una canción de oído sin recurrir a todas esas tabs destroza-ojos que encuentras por internet y, ahora, sí. Tus corneas te lo agradecen.
 
Hay que entender que por “oído” no nos referimos exclusivamente a la capacidad de escuchar, o al órgano que nos lo permite. Sino a cómo éste conecta los estímulos externos con nuestro propio cerebro, con nuestra imaginación, y ésta con nuestras manos. Es decir, lo que permite que cuando escuchamos música, nuestra mente sea capaz de realmente entenderla y, por tanto, interpretarla.
 
El secreto, vaya, está en los intervalos. Toda pieza musical se compone de notas relacionadas entre sí en dos ejes: el tiempo (lo que compondrá el ritmo) y el tono, que se refiere a la altura de la nota, relacionado con la tonalidad y la afinación. La distancia entre dos notas en altura es lo que llamamos intervalo. Y los intervalos son los que le dan el color a la música: ¿es alegre? ¿Es triste? ¿Agresiva?
 
Así, un intervalo de tres semitonos es lo que llamamos tercera menor, mientras que uno de 5 semitonos es una cuarta y uno de 7 semitonos, una quinta. Aprender a distinguir y reconocer estos intervalos es algo que hacemos, como decíamos antes, de forma instintiva conforme vamos tocando y, empleando la expresión al uso, desarrollando oído musical. Pero no hace falta que nos sentemos a esperar a que un día podamos escuchar un tema en la radio y, como por arte de magia, diferenciar los intervalos entre las notas que van sonando y ser capaces de trasladar eso al mástil de nuestra guitarra. Podemos entrenarlo.
 
Escucha activa y apps, tradición y tecnología
El ejercicio más básico consiste en escuchar intervalos hasta que los vayamos asimilando. Lo podemos hacer, sin ir más lejos, con nuestra guitarra: toca una nota, y luego toca otra a “equis” trastes de distancia. Escucha de forma activa, con ánimo de estudio, cómo suenan una tocada detrás de la otra. Aprende su nombre, el del intervalo que forman (segunda, tercera, quinta, cuarta…) y ve interiorizándolo. Con mucha paciencia (esto es una carrera de fondo) poco a poco serás capaz de reconocer las diferentes relaciones entre notas y no solo ponerles nombre, sino visualizarlas sobre el mástil en esa parte de nuestro cerebro que gobierna nuestro lenguaje musical.
 
Hay más formas de ejercitar esta facultad: podrías, por ejemplo, obligarte a tocar melodías con intervalos determinados sobre una sola cuerda del mástil, de forma que refuerces esa visualización mientras aplicas musicalmente los intervalos. O podrías cantarlos. Cantar es una de las mejores formas que tenemos de afianzar conocimientos musicales. En mis años de estudio, un profesor siempre me decía que antes de tocar un solo, debías ser capaz de cantarlo. Y es cierto: la melodía de un solo, sus intervalos en definitiva, quedan mejor afianzados en la cabeza cuando lo cantas. Con lo que, luego, acometer su estudio sobre el diapasón es más sencillo, más directo… porque ya sabes cómo suena lo que quieres tocar. Del mismo modo, cantar esos intervalos ayudarán a fijarlos en tu imaginación y convertirlos en reconocibles por tu oído.
 
Claro que, en pleno siglo XXI, contamos, además, con un buen porrón de herramientas, apps para dispositivos móviles, que nos permiten precisamente entrenar el oído a base de jugar a reconocer intervalos. Son muchas y muy variadas las apps disponibles. Y podemos asegurar que son realmente útiles: aunque solo puedas usarlas unos minutos al día, los resultados serán visibles antes de lo que crees.