Todo guitarrista tiene un sueño: encontrar ese tono que escucha en su cabeza, o que ha escuchado a uno de sus artistas favoritos, y poder subirse a un escenario y dejar al mundo con la boca abierta con ese “santo grial” sonoro que ha conseguido encontrar-barra-desarrollar.
 
Entre este sueño y ese guitarrista se suele interponer algún que otro obstáculo: el primero, que la mayoría del público, para qué vamos a engañarnos, no será capaz de apreciar nuestro cuidado tono en todos sus matices por mucho que le mordiéramos con el culo con ellos. ¿O acaso se te olvida que el porcentaje de gente que, en un concierto, pregunta “¿cuál es el bajo?” es inversamente proporcional al número de músicos entre la audiencia?
 
Bien es cierto que tampoco es cuestión de pasarnos de chascarrillosos: el mal tono se detecta en seguida y, normalmente, cuando alguien suena mal, el público lo nota claramente (asumiendo de partida que lo de “mal” es algo casi tan subjetivo como mutable en el tiempo…). Pero no nos olvidemos de que lo del tono, timbre o como queramos llamarlo es una cosa muy de guitarristas, muy de músicos y profesionales del sonido con el oído bastante más afinado que la mayoría, lo que nunca se sabe si es una suerte o una maldición.
 
Pero hay otros obstáculos en el camino a la perdición. Uno de los más comunes, y sobre el que vamos a tratar de arrojar algo de luz en este artículo, es asumir sin dobleces que como uno suena en casa lo hará también en directo. Porque, ah, amigos, la realidad nos ha demostrado lo contrario muchas más veces de las que nos gustaría admitir.
 
Es fácil, especialmente cuando uno está empezando en esto de la guitarra, el tocar y explorar nuestros primeros caminos sónicos en el aislamiento y la comodidad de nuestro hogar. Nuestra guitarra conseguida mediante esfuerzo y ahorros, ese ampli de válvulas que nos pone tontorrones, un buen puñado de pedales, unos vecinos cansaditos de nuestros riffs y nuestra búsqueda del tono… lo habitual, vaya. Con mucha dedicación, a veces por pura casualidad, damos con ese sonido que nos llena, que nos hace sentir Guitarristas, con mayúsculas, y que nos atrae a la guitarra cada día como si fuéramos polillas frente a una bombilla de incandescente de las de antes: calentita, redonda, seductora…
 
El problema llega cuando trasladamos ese tono al escenario: sin temor a inventarnos la estadística, diremos que en 8 de cada 10 veces nuestro cuidado y excitante sonido acaba totalmente perdido en la mezcla. Lo que es la auténtica receta para empezar una guerra de volumen: “oye, que no me oigo, me subo un poco”, “vaya, pues yo tampoco, voy a darle un poco más”, “eh, ahora no me oigo yo, me subo…”. El caos se apodera del escenario y las ganas de suicidarse del técnico de sonido de rigor…
 
Todo esto responde a pura ciencia, en realidad. Las notas fundamentales de una guitarra de 22 trastes, en afinación estándar, desde la nota más grave al aire hasta la nota más alta pisada en la primera cuerda, van desde los 82 hasta los 1174 Hz. Curiosamente, el rango fundamental de la voz humana está también por ahí: entre los 85 y los 1100 Hz. Por eso, precisamente nuestro oído es más susceptible a las frecuencias medias, aunque el rango de audición que traemos de serie abarque de los 20 a los 20.000 Hz: está preparado para escuchar la voz humana, que ocupa exactamente el mismo espacio que la guitarra… ¡y toda una serie de otros instrumentos!
 
Cualquier instrumento, la voz también, produce, además de las notas fundamentales toda una serie de armónicos, que van reclamando su espacio en la parte superior del espectro. La guitarra, pues, y más cuando entran en juego conceptos como la distorsión, tiene la capacidad de ir bastante más arriba, de hacerse escuchar en las altas frecuencias. Y esto es algo que no hay que olvidar ni desdeñar.
 
Piensa otra vez en ese tono que logras en casa: buena parte de lo agradable y satisfactorio que resulta al oído se debe, seguramente, a que no está repleto de fuertes armónicos y, en muchas ocasiones, porque su contenido en medios, que es lo que más escuchamos se reduce para compensar que estamos escuchándolo a niveles hogareños en cuestión de decibelios: los agudos y, sobre todo, los graves requieren más volumen para ser percibidos, porque lo que a niveles bajos tendemos a reducir los medios para equilibrar el sonido.
 
Ese mismo timbre, llegado el momento del escenario, y de compartir espacio con una batería repleta de platillos, un bajo, una voz, tal vez una segunda guitarra y puede que algún teclado o sintetizador, se perderá en la maraña sónica antes que un novato en un acorde de séptima dominante. La solución pasa, primero, por no ponernos a subir el volumen como si no hubiera mañana. Después, por revisar ese tono que nos tiene enamorado y pensar que, donde tiene que funcionar, es en la mezcla. Esto puede significar que requiera menos graves, o frecuencias graves más sujetas. O, con casi toda seguridad si somos principiantes, más agudos y medios, ya sea por la guitarra que usamos, la ecualización del ampli, o el reparto de frecuencias que hayamos pactado (porque hay que pactarlo) con el otro guitarrista de la banda.
 
Todo dependerá, al final, de la sala y el formato de banda que estemos defendiendo, así como del género: mezclas más densas obligarán a más concesiones tonales para que cada músico disponga de “su espacio”, mientras que formaciones más relajadas (dúos, tríos…) ofrecerán algo más de margen. Lo que hay que tener claro, en definitiva, es que, efectivamente, sonar igual en casa que en el escenario es, efectivamente, una quimera. Y que nuestro tono debemos encontrarlo y desarrollarlo, realmente, en aquel entorno en el que tiene más sentido: donde lo va a escuchar el público.