No son precisamente una novedad que cierta pareja de Detroit se inventara de la nada y que, a raíz de su popularidad, se contagiaran a otras que, sin duda, todos tenemos en la cabeza. Lo de los dúos guitarra-batería es algo con cierto lustre en ámbitos principalmente blueseros. Así que no es casualidad que aquella pareja, The White Stripes (foto), desarrollaran precisamente una actualización de aquel género, como hizo a su vez el otro gran dúo contemporáneo: The Black Keys.
 
Luego está la conveniencia o inevitabilidad, realmente, del dúo como parte de los inicios de muchas formaciones y músicos en esto de la música. Por razones diversas, cuando uno empieza en el mundo de la guitarra, es posible que no tenga al alcance muchos músicos con los que tocar. Así, es fácil que muchos de nosotros hayamos pasado por épocas en que, simplemente, quedábamos con nuestro amigo baterista para tocar versiones y, en fin, ver qué pasa.
 
Sea como fuere, lo que está claro es que ser el único guitarrista en una banda en que ni tan siquiera hay bajo presenta una serie de desafíos que pueden ser tan excitantes como intimidantes. El primero es evidente y ya lo hemos mencionado: en un dúo guitarra-batería no hay bajo. O no hay bajista, para ser más exactos. Esto obliga al guitarrista a llenar mucho más espacio sonoro (aunque algunos lo interpretarán más bien como no tener que pelear por él, las cosas como son…) y, en muchas ocasiones, modular de forma importante qué toca y como lo toca.
 
Por ejemplo, en un solo no contamos con el apoyo de un bajo por detrás, marcando la armonía de fondo. Por lo que no podremos lanzarnos a por nuestras escalas y figuras habituales sin cierto temor al vacío que podemos ocasionar en el tema. Por eso vemos a tantos guitarristas de dúos guitarra-batería afrontar sus solos mediante la vieja táctica del call-and-response. Es decir, la llamada y respuesta, en la que la primera sería la base del tema, y la segunda un par de arreglos más o menos breves con que adornar un pasaje instrumental. U otros que apenas incluyen solos propiamente dichos en sus temas, sino que incluyen variaciones instrumentales para hacer avanzar la canción sin que, de repente, la contundencia sonora disminuya.
 
Por otro lado, en cuanto al sonido en sí mismo, aunque no hay otras guitarras o bajo con que tener que compartir espacio, lo cierto es que el guitarrista de un dúo debe tener presente que no solo puede, sino que tiene que abarcar más espectro sonoro del habitual. De ahí que un efecto muy usado en este tipo de dúos sea precisamente el fuzz, tanto por la evidente tradición bluesera, como por cuánto engorda el sonido de nuestra guitarra un buen pedal de fuzz. Aquí, además, no tenemos que preocuparnos de que el efecto se coma nuestros medios y desaparezcamos en la mezcla porque, en realidad, la mezcla somos prácticamente nosotros solos.
 
Por supuesto, hay muchas más opciones para “llenar más”. Por ejemplo, podemos recurrir a afinaciones alternativas, ya sean más graves o con algún tipo de “drop” (esto es, afinaciones en que la sexta cuerda está afinada varios grados más grave con respecto a la afinación estándar o sus equivalentes). Drop D o, también, Drop A pueden ser muy útiles a la hora de poder desarrollar tonos más graves, o líneas de bajo que complementen lo que hacemos en cuerdas más agudas. Está también la opción, claro, de recurrir a guitarras barítono, aunque quienes se han curtido bregando en dúos guitarra-batería saben que no es en absoluto una necesidad de primer orden. Pero ahí lo dejamos…
 
Luego, claro, están opciones más complicadas, como los complejos ruteos que emplean bandas como los británicos Royal Blood. En este caso, se trata de un dúo bajo-batería, pero su frontman, Mike Kerr, emplea varias rutas de efecto y una combinación de amplis de guitarra y bajo para lograr un goloso sonido de bajo y guitarra (bajo octavado  y procesado) al mismo tiempo. De forma similar, un guitarrita de seis cuerdas podría emplear pedales octavadores para recurrir a tonos graves en momentos concretos, como tantas veces hemos visto hacer a Jack White, por ejemplo, en temas como The Hardest Button to Button.
 
El problema de los octavadores aplicados a la guitarra es que, aunque permitan generar tonos graves, lo habitual es que manejen de forma bastante regular o impredecible la polifonía. Vamos, que un acorde usando un octavador puede convertirse fácilmente en una bola de sonido indescifrable. Es por esto que, quienes necesiten sí o sí poder hacer convivir al mismo tiempo tonos graves octavados con el tono natural de su guitarra podrán encontrar en el mercado algunas pastillas que, de forma muy inteligente, permiten rutear el sonido de las cuerdas superiores de forma independiente al resto de cuerdas. De esta forma puede enviarse a su propio ampli o cadena de efectos, y producir por el camino un rig de esos que marean cuando los vemos explicados en Youtube.
 
En cualquier caso, no hay que olvidar que buena parte de la gracia, el encanto y la magia de un dúo guitarra-batería es, precisamente, la inmediatez, el sonido directo y crudo. Que cuando se acompaña de un buen puñado de canciones bien escritas y la actitud adecuada va más allá del rango de frecuencias que abarcamos.